Setenta y cuatro orcas. Tres pods. Dos hidrófonos funcionando y uno que hoy ha decidido grabar el ruido del motor de un ferry más que cualquier otra cosa. Son las 7:15 de un jueves de mayo en el estrecho de Haro y estoy en cubierta con los auriculares puestos, el café frío, y las mejores probabilidades acústicas de la semana.
Los jueves son buenos. No es misticismo — es física. El tráfico de ferries comerciales tiene sus patrones, las condiciones de viento de esta semana abren una ventana de relativo silencio a primera hora, y el pod J lleva tres días en esta parte del estrecho según los avistamientos de ayer. Cuando esas tres cosas coinciden, escuchas. Cuando no coinciden, grabas ruido de hélice y lo llamas "datos de fondo de referencia" en el informe.
Esto es la investigación acústica de orcas en el mar de los Salish. No siempre suena como en el documental.
¿Cuántas orcas Southern Resident viven en el mar de los Salish?
La respuesta precisa, según el censo del Center for Whale Research del 1 de julio de 2025: 74 individuos. El pod J tiene 27 orcas, el K tiene 14 y el L es el más numeroso con 33. El año anterior eran 73. El año anterior a ese también fue complicado.
Para ponerlo en contexto: en 1995 eran 98 orcas. En 1974, tras la captura masiva para acuarios en los años 60 y 70, habían caído a 71. NOAA las declaró especie en peligro bajo la ESA en 2005 y siguen siendo la especie de cetáceo con mayor prioridad de conservación en el Pacífico norte. El Center for Whale Research, con sede en el 185 de South First Street en Friday Harbor, en la isla San Juan, lleva haciendo el censo anual desde 1976. Cincuenta años de datos continuos. No muchos vertebrados del planeta tienen ese nivel de seguimiento individual.
La temporada 2024-2025 trajo cuatro nacimientos: L128, J61, J62 y J63. Los dos primeros no sobrevivieron. Eso es brutalmente normal en una población que lucha contra la escasez de alimento. También perdimos a K26, que desapareció a finales del verano de 2024 — un individuo adulto cuyo conocimiento sobre rutas de pesca no se puede replicar.
¿Por qué investigar el canto de las orcas y no simplemente contarlas?
Porque contar individuos dice cuántos son. Escuchar su repertorio vocal dice quiénes son, qué saben y qué están perdiendo.
Las orcas Southern Resident tienen un dialecto propio: aproximadamente 40 tipos de llamadas discretas que se transmiten de madres a crías de forma matrilineal. El investigador John Ford, de Fisheries and Oceans Canada, fue el primero en demostrar sistemáticamente que estos dialectos funcionan como marcadores de linaje familiar — una herramienta de identificación acústica tan precisa que puedes distinguir qué pod está en el agua antes de verlo. Cuando un matriarca muere, algunas llamadas únicas de su linaje pueden desaparecer con ella. Seguir el repertorio a lo largo del tiempo es, entre otras cosas, un mapa de la pérdida cultural en tiempo real.
Por eso grabo los jueves aunque el hidrófono 2 esté colaborando con los motores.
¿Cómo funciona la red de hidrófonos OrcaSound?
OrcaSound es la infraestructura que hace posible que un investigador en un ferry y un ciudadano en Ciudad de México escuchen lo mismo a la vez. La red tiene nodos en Sunset Bay, Port Townsend, el Orcasound Lab de San Juan Island (colocado a 8 metros de profundidad y a unos 30 metros de la costa, en pleno Haro Strait), Bush Point, Lime Kiln State Park y Neah Bay, entre otros puntos. Todo transmite en directo en live.orcasound.net.
Cada hidrófono registra audio subacuático continuo. El Orcasound Lab está ubicado en uno de los pasillos acústicos más productivos del estrecho porque los pods residentes pasan por allí cuando se mueven entre el salmón. Lo que oyes en directo desde casa es lo mismo que yo proceso aquí con análisis espectrográfico — la diferencia es que yo anoto la hora, el estado del mar, el tráfico de embarcaciones cercanas y si el individuo que llama puede ser identificado visualmente desde cubierta.
La plataforma también funciona como herramienta de ciencia ciudadana: los oyentes registrados pueden etiquetar fragmentos de audio que los algoritmos de detección automática han marcado como potencialmente interesantes. Más oídos humanos, más datos anotados, más señal frente al ruido.
¿Qué amenaza más a las orcas del Salish Sea?
Tres problemas estructurales que llevan décadas encima de la mesa y siguen sin resolverse.
Primero, el salmón Chinook. Las orcas Southern Resident son especialistas: el 80% de su dieta es salmón Chinook, y las poblaciones de Chinook en el Pacífico noroeste llevan décadas en declive por la degradación de cuencas fluviales, las represas y la sobrepesca histórica. Cuando el salmón no está, las orcas adelgazan, las hembras adultas no ovulan o reabsorben fetos, y los calves nacidos no tienen la grasa suficiente para sobrevivir el primer invierno. El vínculo entre el censo de orcas y la abundancia de Chinook es tan directo que los investigadores usan uno como predictor del otro.
Segundo, el ruido de embarcaciones. Un barco grande genera ruido en el mismo rango de frecuencia que las llamadas de los pods — entre 1 y 20 kHz. Cuando el tráfico es intenso, las orcas vocalizan más, en frecuencias más altas, y dedican menos tiempo a echolocalizar activamente en busca de presa. Eso se traduce en menos pesca. NOAA estima que el ruido de embarcaciones puede reducir el tiempo efectivo de forrajeo en un porcentaje significativo durante los períodos de tráfico pico, aunque las cifras exactas siguen siendo objeto de debate en la literatura.
Tercero, los PCBs y contaminantes orgánicos persistentes. Las orcas son apex predators con décadas de vida. Acumulan por biomagnificación todo lo que acumula el Chinook que acumula lo que acumula el zooplancton. Las concentraciones de PCBs en la grasa de los Southern Resident son de las más altas documentadas en cualquier cetáceo del mundo. Los PCBs interfieren con el sistema inmune, la reproducción y el desarrollo neurológico de los calves. Llevan prohibidos en EE. UU. desde 1979 pero su vida media en el entorno marino se mide en décadas.
El plan de recuperación de NOAA de 2008 prioriza estos tres vectores. El seguimiento más reciente indica progreso lento en la restauración de cuencas de salmón, regulaciones de distancia mínima de embarcaciones que han mejorado algo la situación acústica en áreas designadas, y muy poco avance en la remediación de PCBs — porque no hay forma fácil de limpiar la cadena trófica.
¿En qué se diferencian los pods J, K y L?
Son tres comunidades distintas con personalidades propias, si puedo llamarlo así.
El pod J es el que más tiempo pasa en el Salish Sea interior, especialmente en el Puget Sound y el estrecho de Juan de Fuca. Son los más visibles para el turismo de avistamiento desde Seattle y Olympia. Con 27 individuos, incluyen algunas de las matriarcas más conocidas — orcas con décadas de datos fotográficos que permiten reconstruir genealogías completas.
El pod K es el más pequeño y también el más vulnerable: 14 orcas. Después de la pérdida de K26 en 2024, la estructura social del pod ha cambiado. Los pods pequeños son más frágiles ante la pérdida de conocimiento acumulado en los individuos adultos.
El pod L es el más numeroso con 33 orcas, y el que viaja más al sur — algunas temporadas llegan hasta la costa de California. Son más difíciles de monitorear con continuidad desde un punto fijo porque sus rutas son menos predecibles.
Los tres comparten el mismo dialecto base pero cada pod tiene llamadas exclusivas. Cuando escuchas el audio y distingues cuál es cuál antes de mirar el avistamiento visual, ese es el momento en que entiendes por qué Ford dedicó décadas a esto.
¿Cómo compara esto con las orcas de la Península Valdés en Argentina?
Es la pregunta que me hacen con más frecuencia los colegas de América Latina, y la respuesta es: misma especie, universos completamente distintos.
Las orcas de la Península Valdés, en la Patagonia argentina, llevan desde los años 70 siendo documentadas por el Proyecto Orca de la Fundación Patagonia Natural y otros grupos de investigación. Son orcas transitorias — no residentes — y desarrollaron uno de los comportamientos de caza más espectaculares documentados en cualquier cetáceo: la varada intencional. Las orcas nadan a toda velocidad hacia la playa, se encallan deliberadamente para atrapar cachorros de lobo marino en la orilla, y luego usan el movimiento de las olas para volver al agua. Es un comportamiento aprendido culturalmente, transmitido de madres a crías durante años de aprendizaje supervisado. No ocurre en ningún otro lugar del mundo con la misma frecuencia y precisión.
En el Salish Sea no existe nada parecido. Las orcas residentes no cazan mamíferos — son piscívoras estrictas, y el comportamiento en superficie es mucho más tranquilo. La investigación aquí es fundamentalmente acústica y de seguimiento poblacional. En Valdés es más etológica, conductual, centrada en el aprendizaje cultural. Son dos ventanas diferentes sobre la misma especie.
Si estás en Latinoamérica y quieres conectar con investigación de cetáceos más cercana, también vale mencionar el trabajo en Baja California (México) con ballenas grises en la Laguna Ojo de Liebre, o los programas de monitoreo de cetáceos de la Universidad Austral de Chile en el Canal de Beagle — contextos distintos pero metodologías que se comunican con lo que hacemos aquí.
¿Qué hace un investigador de campo en un ferry de investigación un jueves?
Esta es la parte que la gente siempre se imagina mal.
Los jueves — el running gag entre mis colegas — son la ventana de trabajo óptima de esta semana. No todos los jueves, pero el patrón de tráfico marítimo, los ciclos de marea y los movimientos documentados de los pods crean ventanas acústicas que tiendo a aprovechar a primera hora. No es una ley de la naturaleza. Es una coincidencia estadística que me ha llevado a estructurar mi semana alrededor de esa ventana. "¿Vas al jueves?" es ya una forma de preguntarme si salgo al campo.
Lo que hago en el barco: reviso el estado de los hidrófonos de la red antes de salir consultando live.orcasound.net, confirmo el último avistamiento documentado en los grupos de seguimiento, y preparo el equipo de grabación directa desde el ferry — un hidrófono remolcado de 10 metros y un grabador de alta resolución. Cuando hay orcas en el área, registro audio, tomo fotos de aleta dorsal para comparar con el catálogo fotográfico del Center for Whale Research, anoto las condiciones ambientales cada 15 minutos, y marco el tiempo exacto de cada vocalización detectada.
Lo que no hago: nadar con ellas, acercarme por debajo de los 200 metros cuando están en superficie activa, o sacar conclusiones precipitadas de una mañana de datos. Un día bueno en campo genera una tarde larga frente a un espectrógrafo.
Los datos se comparten con la red de investigación — el Center for Whale Research, la NOAA, equipos canadianos de Fisheries and Oceans Canada. Eso es la parte que más me importa. Esta investigación no funciona en silo. Setenta y cuatro orcas necesitan más oídos que los míos.
La pregunta que no me hago cuando el hidrófono falla
Me la hago igual. ¿Vale la pena?
Los calves que nacieron este año y no sobrevivieron el invierno me recuerdan que la respuesta correcta no es optimista ni pesimista — es persistente. Los datos que generamos hoy alimentan los modelos de gestión de pesca del año que viene, las regulaciones de tráfico marítimo del siguiente, y la evaluación de éxito de los proyectos de restauración de cuencas de salmón de la siguiente década. El ritmo de la conservación marina es geológico comparado con el ritmo de las noticias.
Los jueves sigo saliendo al estrecho. Cuando el hidrófono 2 coopera, escucho orcas. Cuando no, grabo el mar de fondo y le llamo datos.
Si quieres saber más sobre cómo suena el Salish Sea desde cubierta — o sobre qué significa escuchar al pod J en una mañana limpia de marzo — cuéntamelo directamente. Te guardo un sitio el próximo jueves.